El pueblo del arte considerado de los más bonitos de España.

0
(0)

Para definir Genalguacil son suficientes cuatro letras: arte. Cuatro letras que, unidas y pronunciadas en voz alta, se transforman en una palabra abierta a la polisemia de un paisaje que es eso, puro arte. Un cuadro suspendido entre las montañas del Valle del Genal del mismo modo que de una pared de cielo. Los detalles de Genalguacil conforman un museo al aire libre integrado totalmente con la naturaleza que lo rodea y, convertido en un todo que adquiere un sentido propio y diferente.

A través de luces y sombras, valles y cumbres, la sabia mano de la naturaleza ha ido bosquejando, a lo largo de los siglos, la Serranía de Ronda. Allí, integrado en su comarca, al oeste de la provincia de Málaga, Genalguacil respira al compás de las saetas que vuelan como pájaros. Cerca del cielo, altos picos vigilan el pueblo, como pintores celosos de su obra. El Mediterráneo se mantiene cerca, prestando su aroma al viento. Pero lo suficientemente lejos como para no difuminar la acuarela de las montañas. Naturaleza, arte y tradición se mantienen intactas, esperando ser disfrutadas.

Un poco de historia de Genalguacil

Montañas y bosques rodeando Genalguacil.
Montañas y bosques rodeando Genalguacil. | Shutterstock

El color blanco de Genalguacil escala el terreno donde se asienta, rodeado de picos arbolados. Las corrientes de aire transitan las montañas agujereadas por antiguas minas de oro, plata y cobre en lugares como Los Morteretes. Mientras, el cielo tiñe de claroscuros las obras de arte que, desde hace unos años, decoran las calles.

Las culturas fenicias y helénicas han dejado su firma en algunos vestigios encontrados en los Reales Chicos. Entre ellos se han encontrado molinillos utilizados para moler a mano metales preciosos. Lo que demuestra que fueron poblaciones que aprovecharon los recursos naturales ofrecidos por esta geografía del oeste malagueño. Enormes extensiones de bosques autóctonos les proporcionarán un refugio bañado por distintas corrientes de agua. Desde el río Almarchal hasta los arroyos, Almeses y de la Posada, hijos del Genal.

El paisaje en el centro de todo.

El entorno mágico de Genalguacil
El entorno mágico de Genalguacil. | Shutterstock

Los altos picos, desde sus más de 1000 metros de altura, observan el espectáculo del paso del tiempo. Gigantes pétreos preparándose para escribir sus nombres sobre el lienzo de las estrellas. El Porrejón, Puerto de Peñas Blancas y, todavía más alto, el Pico de los Reales, rozando los 1500 metros. Desde allí han sido testigos del trazado de sus calles, de marcado carácter árabe, cortesía de los pobladores musulmanes que le dieron nombre, Gema-Al Wacir, jardines del visitante. Tras ser expulsados ​​definitivamente en el siglo XVI, dejaron flotando tras de sí historias de batallas y sublevaciones. Pero también la huella imborrable de tantas vidas vividas, escrita sobre el empedrado de las calles.

Genalguacil fue repoblado por castellanos venidos desde otras zonas andaluzas y también de Extremadura. Se entregó en señorío al Duque de Arcos hasta el fin de los privilegios territoriales. A pesar de ello, conservó intacta la esencia de su pasado en cada punto del laberinto que lo forma, en cada esquina coloreada de buganvillas.

Así, buscando esas esquinas decoradas de pinceladas de macetas y geranios, es la mejor manera de disfrutar el pueblo. Aprovechando la libertad que brinda este rincón de la sierra reconvertido en un museo al aire libre como no hay otro. Así, de tú a tú, llamándolo por su nombre, por todos sus nombres y el de las obras que lo visten, es posible conocerlo de verdad. Adentrarse en los trazos, las texturas y en toda la gama de técnicas que lo convierten en lo que es, algo único.

Qué ver en Genalguacil, un pueblo que es un lienzo

Iglesia de San Pedro de Verona
Iglesia de San Pedro de Verona. | Shutterstock

La iglesia de San Pedro de Verona toma distintos roles. A veces, funciona como corresponsal de la historia de Genalguacil, víctima y testigo de su devenir. Otras, en cambio, se fusiona con el presente, dando el contrapunto pretérito a una galería de arte contemporáneo y vivo. Inicialmente construida en el siglo XVI, tras su destrucción poco después, a causa de la rebelión morisca, se volvió a edificar en el siglo XVIII. A ese momento responde la mezcla de estilos barroco y mudéjar. Así como la armadura de madera de la nave central, o los arcos de medio punto que sirven como líneas divisorias para sus tres naves. Desde su ubicación, en la plaza de la Constitución, el campanario funciona como una torre vigía de todo el pueblo.

Todavía allí, también desde la plaza, casi es posible copiar a mano alzada el contorno blanco de la villa. Tampoco escaparán a su vista el horizonte del Valle del Genal, Sierra Crestellina o Sierra Bermeja. Ni más lejanos, entre las montañas, los pequeños pueblos salpicados como gotas escapadas de un tubo de acrílico. A las afueras, Desde el mirador del Lentisco, se adivina el conjunto del pueblo presidido por el alto campanario.. Pero las perspectivas no concluyen aquí. Se abre también ante el visitante el Mirador de la Huerta o el de los Poyetes, próximo a la iglesia.

De cerca, las más de 200 obras de arte que alberga Genalguacil ofrecen otra forma de ver las cosas. A cada paso la mirada del caminante sufre un reseteo. Primero, descendiendo por la calle La Lomilla hasta la fuente de las Acémilas. Luego, disfrutando de la avenida de Estepona, hasta alcanzar la fuente de la Alberquilla. Hacia Jubrique guardan las caras talladas de los cinco ancianos de Genalguacil. Eligiendo el trayecto que, desde la Calle Real, conecta la fuente Alta y la Baja, se suceden las sorpresas. Un regalo para los sentidos fruto de los encuentros de arte que se programan cada dos años para acoger nuevas obras.

A cada paso, por cualquier ruta, la mirada debe prepararse para empezar de cero en una suerte de mundo onírico. Un sueño brillante donde las paredes, los bancos, las chimeneas, los postes, todo es arte. A veces es conveniente parpadear un instante, dos quizás, para asegurarse de lo que es cada cosa o de que cada cosa es lo que es. Al final, el broche a este trayecto lo pone el Museo de Arte Contemporáneo Fernando Centeno. Su interior custodia las obras que no pueden mantenerse durante todo el año al aire libre. Sobre ellas, los tejados y siempre, la cúpula del cielo.

Pinceladas de la naturaleza en Genalguacil

Atardecer sobre las montañas del Valle del Genal
Atardecer sobre las montañas del Valle del Genal. | Shutterstock

La geografía que circunda Genalguacil es una maravilla de la naturaleza. Los bosques, poblados de pinsapos, quejicos y alcornoques van mutando según los gustos de cada estación. En primavera y otoño los colores son los auténticos protagonistas del paisaje. Pero, con la llegada del verano, el río se convierte en actor principal. Sus pozas naturales parecen cubiertas por un cristal que refleja el paso de las nubes.

Abundan las rutas que hermanan Genalguacil con otros parajes encantados. Así, entre alcornoques, encinas y cerezos, se llega al prado de la Escribana. Pequeños ríos se convierten en asiduos visitantes de estas vías, ofreciendo entornos mágicos de descanso entre la vegetación de sus riberas. El río Monardilla y el Redondillo acompañan el sendero hasta Jubrique. También es posible alcanzar los Reales de Sierra Bermeja, al suroeste de la Serranía de Ronda. Un lugar especial, en el que la abundancia de un tipo de roca, la peridotita, contribuye a la presencia de pinsapos.

Playa de la Rada en Estepona
Playa de la Rada en Estepona. | Shutterstock

Además, esta especial geología forma un espectáculo donde las tonalidades rojizas y granates gritan bajo la luz de la luna. Es como penetrar en una burbuja de la naturaleza donde conviven especies endémicas imposibles de encontrar en otros lugares. Gavilanes y halcones peregrinos sobrevuelan los pensamientos de los caminantes, mientras sobre las ramas de los árboles dormitan los búhos reales. Las salamandras espían en las orillas, los corzos se ocultan en la espesura, manteniendo todos un tácito silencio.

El océano guarda a no mucho más de 30 kilómetros, en Estepona. La playa de la Rada, la del Cristo, la de Bahía Dorada… Mar y atardeceres antes de llegar a Ronda. Nombra la comarca y provoca sueños de bandoleros y aventuras entre desfiladeros, puentes nuevos y viejos. En Semana Santa vuelve cada año al pueblo la emoción de la tradición. Surcan el silencio las saetas que, durante el invierno, anidan en las cumbres cercanas. La iglesia acoge una eucaristía solemne, salen las procesiones de la Virgen de los Dolores y del Cristo Crucificado. Se realiza el Huerto del Niño y se vive cada momento como una obra de arte en movimiento.

Detalle de los bustos tallados en un tronco de árbol
Detalle de los bustos tallados en un tronco de árbol. | Shutterstock

Pero no es preciso guardar una época determinada para planear la visita a Genalguacil. Cualquier momento es el mejor para conocer este lugar donde la dureza de las cuestas se comparte con las estatuas. Donde los espíritus de los más longevos del lugar habitan en un tronco tallado y las paredes son lienzos, así como las calles y las galerías. Un lugar poseído de una magia artística que, en el aire, se mezcla con el aroma de los abetos pinsapos y el quejido del viento. Un lugar donde, es cierto, la entrada es libre y disfrutarlo, obligatorio.

También puedes leer este artículo en inglés y francés.

Sigue nuestro canal de WhatsApp para descubrir lo más fascinante de España.


Autor: Eva Figueroa
Fuente de contenido

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Deja un comentario

Scroll al inicio